Cuando te come la culpa

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Comer con Culpa

Cuando experimentamos el sentimiento de culpa nos sentimos mal, nos arrepentimos de lo que hemos hecho y muchas veces nos “torturamos” pensando que hemos fallado, o no somos lo suficientemente “buenos”.

Nadie está exento de la intensa presión social hacia estereotipos catalogados por la belleza, la delgadez, la vida sana; y por otro lado tenemos a la industria alimentaria ofreciendo mensajes cada vez más agresivos sobre alimentos ultra procesados, muy rápidos de preparar y súper palatales, generadores de “placer y felicidad”.

Si revisamos nuestras creencias entorno a determinados tipos de comidas, seguramente encontraremos que tenemos alimentos etiquetados como adecuados o saludables (verdura, fruta, pescado, frutos secos…) y otros como alimentos inadecuados o prohibidos (pastas, pizza, fritos, grasas, salsas…). Esta dicotomía es la que nos lleva a sentirnos culpables cuando el alimento que hemos elegido comer pertenece al grupo de “alimentos inadecuados o prohibidos”.

Esta categorización de los alimentos hace que la gente se sienta mal si come un alimento «poco saludable», generando la culpa.

Comer con culpa es un problema porque nos mantiene con un dilema interno permanente y excesivo, que nos aleja de nuestro estado de bienestar, e incide directamente en nuestra autoestima, haciéndonos sentir menos valiosos como personas, acarreando vergüenza y arrepentimiento que pueden llegar a alterar nuestras rutinas diarias e incluso abocar en un trastorno alimentario.

¿Qué podemos hacer para evitarla?

• Deja de hablar de alimentos buenos y malos y hazlo en términos de frecuencia. Hay alimentos que deben aparecer en nuestra alimentación diariamente porque el cuerpo los necesita, y los hay que si aparecen una vez cada quince días sería suficiente. Esto no quiere decir que unos sean mejores que los otros, sino que todos son buenos si aparecen en la cantidad adecuada.
• Hay alimentos, o productos que no sería necesario comerlos para vivir, pero que nos aportan una satisfacción personal a la que no debemos renunciar. Piensa que al igual que no nos convertiremos en una sílfide si un día comemos calabacín a la plancha, tampoco ganaremos tres kilos de peso si un día nos comemos una pizza o un pastel.
• Las prohibiciones generan deseo y si somos muy estrictos eso nos puede provocar síntomas como la ansiedad y el mal humor. Aprender a ser flexibles con nosotros mismos y con lo que comemos nos permitirá disfrutar de las comidas sin sentir culpa y llevar una alimentación equilibrada, donde no existan los “alimentos prohibidos”.
Comer es un placer, merece ser disfrutado cada bocado. Si decides comer helado, ¡Relájate y acepta tu decisión!
No pases hambre. Si tu cuerpo tiene hambre, hazle caso. De nada sirve postergar la comida, además con frecuencia es la antesala del temido atracón o comida compulsiva.

No olvides que comer es un placer. Así que no lo desaprovechemos sintiéndonos culpables.

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